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27 de agosto de 2008

Grizzly Man, pasión inconsciente en la naturaleza salvaje

Timothy Treadwell vivió por los osos pardos (grizzlys) de Alaska. No los estudiaba, ni analizaba, ni se dedicaba a elaborar sesudas conclusiones sobre su comportamiento o sus rutinas. Treadwell se limitaba a mirarlos, tratar de convivir entre ellos e interactuar en su propio medio, pero no como un ermitaño harto de la sociedad, sino más bien como un niño caprichoso e ingenuo. Timothy quería ser un oso, y acabó en el estómago de uno.
Werner Herzog, cineasta impredecible a sus 66 años, realiza un retrato entre respetuoso, frío, y sin embargo crítico, de Timothy Treadwell en la película documental Grizzly Man, basado en las grabaciones del propio Treadwell, entrevistas a personas de su entorno y las investigaciones personales de Herzog, narrador omnisciente durante todo el metraje, como si de una reflexión propia se tratase. Aún con la controversia de si realmente es un documental, o bien una ficción montada por el propio Herzog, lo cierto es que este elabora un mensaje que no cae en la banalidad ni en la complacencia del ensalzamiento al fallecido, si no mas bien un panegírico de la inconsciencia de un personaje al borde del retraso mental que ejemplifica la ceguera de la pasión desmedida en un mundo que no es el suyo, la hostilidad de la vida salvaje.
Y es que el director alemán utiliza la narración de Treadwell como reflexión de algo muy distinto a lo que pretendía el ecologista estadounidense, aún a través de sus propios monólogos frente a una solitaria cámara de video en medio de la montaña. La elección de los fragmentos de entre más de 100 horas de grabaciones, que Treadwell grababa con intención de mostrar al mundo su hazaña y supuestamente concienciar al mundo de la importancia de proteger a los osos grizzlys, no toma como base este mensaje, si bien no deja aparte las ambiciones documentalistas del protagonista ni los momentos naturales y grandiosos que por fuerza tuvo la oportunidad de registrar (como la impresionante pelea de dos osos y los restos de esta). Herzog es en ocasiones incluso cruel, mostrándonos los desvaríos de un inadaptado social, ingenuo hasta la infantilidad, sometido a la soledad de varios meses en medio de la montaña, solamente acompañado por los osos, los zorros y sus obsesiones deslucidas. La lucha del hombre contra un entorno hostil, la demostración patente de la separación de la vida salvaje y el mundo del hombre en una lucha constante, solo definida por la obsesión humana y la certeza de la victoria de la naturaleza, con la constante de la muerte como baliza de señales.
Herzog entrevista a ecologistas amigos del protagonista, desde una antigua novia que se considera su “viuda” (aún cuando solo mantuvieron una relación de tres años), una amiga íntima de confesado amor platónico que lo ensalza casi como un nuevo salvador, el piloto que lo acercaba a su zona de acampada (irónico aunque respetuoso desde la incomprensión plena del personaje), un guardia forestal contra los cuales Timothy se revelaba y atacaba verbalmente (que llega a decir que el tipo recibió su merecido), hasta el forense de teatral actuación (un tipo quizá demasiado esperpéntico, pero al fin y al cabo estadounidense), que describe con detalles como debió ser el ataque que sufrieron Treadwell y Annie, su novia o ayudante en ese momento, y acabó con la vida de ambos.
En una de las ironías del destino, este quiso que al final de su aventura, Timothy estuviera acompañado de Annie, una misteriosa novia que lo acompañó durante tres de sus expediciones, y que curiosamente no aparece en las grabaciones salvo para escabullirse o evitar aparecer en el plano. Tanto ella como él fueron finalmente víctimas de un ataque de un oso grizzly hambriento, que los devoró en su campamento mientras la cámara grababa con el objetivo tapado. Elementos como este, el personaje de Annie, o alguno de los testimonios, son los que hacen dudar de la veracidad de las imágenes en sí, aunque ello no le resta estabilidad al mensaje de Herzog.
Treadwell era un tipo de trayectoria errática a lo largo de su vida, desde estudiante mediocre con una beca deportiva a caer en el alcoholismo y al consumo de drogas mientras intentaba trabajar como actor. Con ingenuidad infantil e irritante, se consideraba un salvador de los osos que vivía en la montaña para protegerlos e integrarse como uno más, si bien carece del mínimo conocimiento biológico del medio y sus monólogos no son sino desvaríos de un turista desubicado que se deja llevar por el entusiasmo, verborrea llena de repeticiones nerviosas, un afecto desproporcionado a los animales y el entorno (no deja de repetir te amo, te amo a los osos y zorros), y una actitud que no podemos dejar de calificar sino como típicamente americana profunda (redneck), donde la ingenuidad y la estupidez caminan de la mano repletas de buenas intenciones. Bien es cierto que se dedicó a dar charlas gratuitas sobre la importancia de la conservación de los osos y su entorno en colegios sin cobrar ni un centavo, pero también infringió varias leyes federales y de parques protegidos al establecerse en enclaves tan cercanos a los osos y en reservas naturales de protección especial. Timothy vivía en su mundo, y quería que este fuera el mismo que el de los osos, a los que veía como seres supremos, sus salvadores (tal vez de su propio cerebro desvariado y herido por una sociedad que detestaba y de la que renegaba).
Herzog no se deja caer en la sensiblería ni valora al personaje, si bien dos momentos podrían dejar en entredicho la línea del documental, como es cuando la “viuda” de Treadwell escucha la cinta del ataque mortal del oso (que hábilmente el espectador no escucha, sino que solo vemos la cara de la mujer descompuesta, y al director consolándola), y cuando hacía el final, tres de los más allegados esparcen las cenizas de los restos de Treadwell en la zona donde frecuentaba acampar. El director manipula desde la frialdad y el aparente objetivismo, lo que hace que el documental trascienda los límites de la información y entre en los terrenos de la poesía visual adornada de los bellos paisajes de Alaska. Citando al propio director al final de la cinta, “en todas las caras de todos los osos que filmó Timothy no veo ningún rastro de entendimiento, ni piedad. Sólo veo la indiferencia abrumadora de la naturaleza. Para mí, no existe el mundo secreto de los osos. Y esta mirada en blanco muestra que sólo les interesa la comida. Pero para Timothy Treadwell, este oso era un amigo, un salvador”.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La chica que le acompañaba se llamaba Amie Huguenard.