
La cinta, no exenta de problemas de rodaje en Berlín (donde finalmente pudo rodar en casi todas las localizaciones reales de los acontecimientos, a pesar de contar con Cruise en la producción, mal visto al ser la Cienciología considerada secta en el país germano), e incluso en su edición final (problemas con el montaje, escenas que se tuvieron que rodar de nuevo, etc.), retrata impecablemente todo el proceso de puesta en marcha de uno de los atentados contra Hitler más sonados, por lo cerca que estuvieron de lograr su objetivo, y por que venía de las filas interinas del ejercito alemán, concienciados de hacía donde estaba el dictador conduciendo a su amada Alemania. Toda una conjura que finalmente no pudo ser culminada (no es destripe, es solo historia, y en este caso, popular), y cuyos perdedores se jugaron la vida en una apuesta desesperada en Julio de 1944. De este curioso hecho existen varias versiones, como la producción alemana de 1955, titulada Sucedió el 20 de Julio, y dirigida por Georg Wilhelm Pabst, o la realizada para la televisión alemana llamada Operación Valkiria, de 2004, de marcado tono documental (y nada desdeñable a pesar de no contar con la espectacularidad de la versión americana), y con Sebastian Koch en el papel del coronel alemán con el rostro de Tom Cruise en la película que nos ocupa.
El milimétrico guión de McQuarrie desgrana con fría precisión todos los pormenores del complot, sin profundizar en las motivaciones de los protagonistas; simplemente entra en harina desde pocos minutos después de comenzar (tras la única escena realmente bélica del film), en una radiografía que dispone en pantalla unos hechos verídicos, que aún pecando de algunas licencias tomadas en beneficio de la espectacularidad cinematográfica (la inspiración del plan a llevar a cabo mientras escuchaba La Cabalgata de las Valkirias de Wagner durante un bombardeo, o la

La dirección de Synger, al igual que en su común Sospechosos habituales, va de la mano del excelente guión de McQuarrie, rodando con la frialdad que pide el nivel de detalle de la situación, acentuando los miedos y los temores de los implicados, y dejando fluir la recreación tal y como podría haber sido. Con algún que otro hueco en el fluir de la trama, victima más bien de un azaroso proceso de montaje final (y que probablemente solventará el bienhallado DVD y su edición especial), la

La falta de profundidad psicológica no esta reñida con la solvencia del elenco protagonista, que hace más creíble la representación gracias a su buena presencia en pantalla. Tom Cruise es el principal protagonista como el coronel Claus von Stauffenberg, mano ejecutora (ironías del destino, no manteniendo él ni una mano completa en su anatomía) del atentado, y lejos de lo que pudiera parecer, no luciéndose con planos propios y prestados de manera superflua, si no jugando en su campo y las pelotas que le tocan lidiar, encarnando a un Stauffenberg sorprendentemente parecido físicamente al personaje real, pudiendo leer en su ojo sano la determinación del tullido oficial alemán (manco de la mano derecha, tuerto y media mano izquierda ausente debido a un ataque de la aviación inglesa durante su estancia en África, justo antes de regresar a Alemania). Queda aquí el sustrato de sus actuaciones más reseñables (Nacido el cuatro de Julio, de Oliver Stone, o Eyes Wide Shut, de Kubrick), apartado de sus papeles estrella y realizando un retrato convincente. Detalles como su obstinación a vestirse solo y abrocharse los botones de la camisa con el muñón, o como prepara las bombas que habrían de liberar a Alemania de Hitler, dan pinceladas del carácter de un tipo complejo y con las cosas claras, a pesar de su confusión interior al estar convencido de hacer algo que en realidad es una traición a un juramento dado. No se profundiza, en efecto, pero se nos ofrece lo indispensable para su identificación sin caer en el exceso de metraje, y sí en la economía exacta que no desequilibra la balanza.

Los demás, un elenco que como decía, cumplen con solvencia y dejan en la memoria unos personajes al límite en una época muy complicada. Kenneth Branagh es uno de los principales conspiradores, el que se lanza a reclutar al personaje de Cruise, y que no solo intenta acabar con Hitler con una caja de botellas de Cointreau llena de explosivos que ha de explotar en pleno vuelo del führer, y no lo hace, sino que tiene el arrojo de ir a recoger dicha caja a las oficinas centrales del Reich, y salir con ella bajo el brazo como si nada. Su impotencia se ve reflejada en muchas de sus actitudes, y finalmente será consecuente con sus decisiones, a pesar de ser el personaje que más sufre ese agujero narrativo, ya que reaparece al final de la película sin saber muy bien por qué hizo mutis en un determinado momento. La presencia de Terence Stamp da prestancia a otro de los generales conspiradores, aparentemente fuera de servicio, duro e icónico como la figura representativa que ha de ser, y cuyo final será igualmente ejemplizante. Eddie Izzard pone su inquietante presencia al servicio de un oficial de comunicaciones tutibeante al principio, que verá como su acción es decisiva en el plan, y que pondrá la nota de tensión por lo particular de su papel en el entramado. El dueto de generales del estado mayor formado por Bill Nighy y Tom Wilkinson, conspirador cobarde el primero y soberbio interesado el segundo, ofrecen varias caras del estado mayor alemán que permiten comprender el papel de cada personaje verídico en la trama, especialmente interesantes los vaivenes y opacidad del personaje de Wilkinson, ya de por sí turbio en la mayoría de sus papeles.

Añadir respecto al trabajo actoral la labor casi anecdótica de los interpretes que encarnan a personajes cruciales del momento histórico (el propio Hitler, Gebbles, Goering o Himmler, todos ellos siniestros ideólogos del III Reich), todos ellos con la presencia necesaria para inquietar a pesar de sus pocos minutos en pantalla, como David Bamber, Cicerón en la televisiva serie Roma, en la piel del dictador nazi de pequeño bigote cuadrado.
Aún a pesar de sufrir la lacra de que prácticamente todo espectador sabe como va a terminar la cinta, esta mantiene un interés que se acrecienta a lo largo de todo el metraje, con escenas memorables como los títulos de crédito en que aparece el juramente de fidelidad a Hitler en los clamores de un mitin en imágenes tomadas de archivo, o el saludo nazi de Stauffenberg con el muñón en alto con un estremecedor grito de Hail, Hitler. Un conjunto que tiene como resultado una película no solo educativa y esclarecedora de un hecho histórico concreto, poniendo de manifiesto que no todos los alemanes estaban de acuerdo con Hitler (de hecho, muchos más que los que sí lo estaban), sino que además resulta una efectiva cinta de entretenimiento con un suspense bien mantenido y una elaboración más que correcta.