REVISTA DE CINE, EN TODO SU ESPLENDOR, EN GRANDIOSO CINEMASCOPE Y SONIDO DE ALTA FIDELIDAD

25 de febrero de 2008

Forajidos de Leyenda, tras la estela de Peckinpah olvidada en el desierto

Y el western tuvo su época de esplendor hasta que, como en los crepúsculos frente a los que meditaba John Wayne montado en su cansado caballo, el sol se puso y la noche cayó sobre el género. Tras el canto de cisne de Sam Peckinpah a principios de los 70’s, vino el letargo de un género solo iluminado por las llamas encendidas por Clint Eastwood, Kevin Costner, Lawrence Kasdan y Walter Hill, precisamente el que nos ocupa.
Alumno aventajado de Peckinpah, Hill es de los pocos directores que confiaba en el cine del oeste como algo donde todavía faltaba mucho que decir, y así lo hizo en la que posiblemente sea su mejor western, Forajidos de Leyenda (The Long Raiders). En ella explora a un personaje que ya había sido llevado al cine en numerosas ocasiones, el forajido Jesse James, veterano de guerra primero y asaltador de trenes después, que ya tuvo el rostro en el celuloide de Robert Wagner, Tyrone Power, Robert Duvall, o más recientemente Brad Pitt.
En esta ocasión, Hill busca el enfoque más realista posible, haciendo una película en ocasiones casi documental, donde el dramatismo de las escenas viene dado por la situación en sí y no por el énfasis de la actuación de los actores, alcanzando situaciones donde el estoicismo actoral representa muy bien lo que debía ser el estadounidense medio del mundo rural de la época, parco en palabras y frecuentemente analfabetos, y con esa sobriedad que otorga el trabajo en el campo y la sola influencia de la iglesia, el salón y el prostíbulo del pueblo en una vida monótona y austera de un país, no olvidemos, recién salido de una guerra civil.
Son precisamente estos, los excombatientes de la guerra de secesión americana los que luego serán los célebres bandidos de bancos y trenes que pueblan toda la literatura y cinematografía del género; soldados que se han quedado sin trabajo, sin poder hacer lo que mejor hacen, y que vuelven a un mundo que los rechaza y les da la espalda, mientras surge la fiebre del oro y las oportunidades al oeste del continente. Esta paradoja de situaciones provoca esta reacción de tiempos inestables y peligrosos, donde la vida pierde su valor a favor del dialogo entre revólveres como moneda de cambio.
Entre ellos, uno de los más célebres es Jesse James y su banda, compuesta por su hermano Frank, los hermanos Younger, los hermanos Miller, y más tarde los hermanos Ford. Aquí hay otro de los elementos de búsqueda de fidelidad de Hill, ya que cada grupo de hermanos está interpretado por actores hermanos en la vida real, que no solo se parecen, sino que adoptan comportamientos y actitudes que casan muy bien con los personajes reales, creando un díptico de identificación pocas veces logrado en el cine.
James Keach (poco prodigado en el cine) es Jesse James, y Stacy Keach (más conocido que su hermano, por la serie de TV Mike Hammer, entre otros trabajos) su hermano Frank. James lleva el peso de la película con su hierática actuación, por otra parte ideal para el personaje y su circunstancia, siendo el personaje que guía el argumento, aunque no el único ya que se trata de un filme coral donde sería difícil determinar el protagonismo, pero si donde la trama empieza y acaba. Stacy es su hermano siempre fiel, aún siendo testigo de algún que otro error y egoísmo por parte de este, siempre le seguirá hasta el final, incluso después de llegar el desenlace fatal.
David, Keith y Robert Carradine son los hermanos Younger, fieles seguidores de los James, pero victimas a su vez de ellos de la cerril persecución de la posteriormente célebre agencia de detectives Pinkerton. David y Keith no sorprenden en su habitual buen hacer, siendo David el cínico al que nos tiene acostumbrados, duro y letal aún vulnerable, y Keith el buen chico que pretende una vida normal, a pesar de tener un don innato con el revolver. Robert es el actor menos agraciado de los tres, interpretativamente y a lo que en recursos dramáticos se refiere, pero cumple como el inexperto hermano menor de los Younger.
Dennis y Randy Quaid son los hermanos Miller, de los que Randy es absoluto seguidor de los James hasta el último aliento, aunque precisamente esto le cueste el mismo, pero su hermano menor, encarnado por Dennis, no es el forajido nato que son los demás, y es expulsado de la banda por su torpeza y poco autocontrol, con lo que intentará llevar un vida normal siempre con el rencor escondido bajo al almohada.
Finalmente, los hermanos Ford están interpretados por Christopher y Nicholas Guest, que intentan formar una banda con un Jesse a punto de retirarse, habiendo sido anteriormente rechazados por la banda original, pero cuyo único objetivo es cobrar la recompensa por el asesinato del célebre asaltador de bancos.
Toda esa contención es latente en cada una de las actuaciones, incluyendo los personajes femeninos de la historia, las mujeres y madres de los protagonistas, victimas de la consecuencias de las acciones de los maridos e hijos, pero más aún de un sentimiento global de rebeldía que paradojicamente comparten y defienden como suyo, con actitudes casi masculinizadas, por su solvencia y determinación. Es aquí donde más se acusan los tics del director, en unos personajes femeninos poco desarrollados, pero finalmente efectivos y nuevamente reflejo de una época dura y complicada, decadente por su miseria y sin embargo germen de una prosperidad posterior que ellos nunca habían de ver.
El tono crepuscular del filme es evidente, en una fotografía elaborada y una ambientación histórica fidedigna y nada complaciente, que le queda como anillo al dedo al relato, ayudado por la otoñal partitura de Ry Cooder, integrada en la acción de la película en su mayor parte como música interpretada por personajes y siempre con instrumentos propios de la época, como banjos y violines. Son los momentos de silencio los que marcan la pauta del desarrollo, especialmente los silencios entre personajes, que les define y sitúa en sus decisiones, y un sonido de ambiente que suele ser él único acompañamiento de las escenas de acción.
Esta sin embargo no es gratuita ni abundante durante la cinta, pero si brutal e incluso lírica en donde la situación lo necesita. Es aquí donde las enseñanzas de Peckinpah y su influencia se deja notar palpablemente en el modo de rodar de Hill (no en vano este fue ayudante del gran Sam durante el rodaje de La Huida, The Getaway, 1972), sobretodo en una escena crucial donde un aparente y perfectamente planeado atraco a un banco se torna en emboscada y su posterior huida a cámara lenta, con sonido ambiente y de los disparos ralentizados igualmente, en un ballet brutal pero impactante, angustioso y apabullante, y toda una lección de espectacularidad vibrante culminado por un sostenido de cuerda de Cooder que cierra una escena, que sin temor a excedernos, podríamos calificar como de las definitivas del género y sello de final de una época, solo igualable a la contundencia y totalmente directa recta final de Sin Perdón (Clint Eastwood, 1992).
Con una duración muy ajustada (apenas 100 minutos), nada redundante y concisa sin dejar espacio para el tedio (virtud poco habitual en el género), Walter Hill teje el retrato definitivo de unos personajes y una época, alejado de todo el glamour anterior, y heredero de ese outsider que fue Sam Peckinpah, siendo el mejor homenaje que se le podía hacer al autodestructivo director que rodaba con pistola.

12 de febrero de 2008

Sunshine, nunca más cerca del sol

Y con riesgo de quemarse, ya que como las alas de Ícaro, la cera que unía sus alas finalmente se derritió, y sus alas se deshicieron, haciéndole caer al vacío. Danny Boyle no es Ícaro, pero poco le falta, ya que Sunshine quiere volar demasiado cerca del sol, y cuando lo hace, se le derriten un poco los finos mecanismos que unen argumento y guión, si bien es cierto que en vez de caer, levanta un poco el vuelo al menos como para tener un aterrizaje no demasiado accidentado.
El Sol se apaga, en un futuro hipotético dentro de 50 años, y la tierra esta condenada a desaparecer en un invierno eterno, a menos que los seleccionados tripulantes de la Ícaro II hagan explosionar la mayor bomba nuclear jamás fabricada por el hombre con la que portan hacía el mismo sol, y que lo reactivará, manteniendo la vida sobre la tierra. Pero la sombra del fracaso y de la última oportunidad planea sobre ellos, ya que siete años antes, la Ícaro I intentó lo mismo y se perdieron comunicaciones con ella antes de consumar su misión.
Con un argumento atractivo (cuestionable a nivel científico, ya que si el sol se agota, lo primero que haría es implosionar, borrando toda huella de la existencia de la tierra y el Sistema Solar al completo en el Universo, pero entretenido y efectivo), y una puesta en escena directa y clara, Sunshine empieza como una muestra de Ciencia Ficción Hard (aquella que se sustenta en la seriedad de sus planteamientos y desarrollo, con numerosos datos y aparente verisimilitud en su propuesta), que engancha con una presentación de personajes brillante y completa, pudiendo analizar la visión de cada uno y la forma de enfrentarse a una responsabilidad tan mayúscula como es la supervivencia del planeta entero, con todos los problemas que ello conlleva, tanto filosóficos como físicos, en un carrusel de emociones contenidas y aplicaciones de su profesionalidad implacables, sin olvidar la naturaleza humana de aquellos que asumen tales actos, y sus muy humanas reacciones ante la adversidad, una posición de mando inesperada, o decisiones difíciles y desagradables aunque necesarias; en momentos recuerda a la exposición de datos de La Amenaza de Andrómeda (Robert Wise, 1971), pasados por el tamiz de Solaris (la de Steven Soderbergh, de 2002).
Y es que si algo caracteriza la primera incursión de Boyle en la ciencia ficción, acompañado de su inefable Alex Garland (que ya trabajaron juntos en La Playa y 28 días después), es su multitud de referencias, que no menoscaban la calidad del producto final, ya que solo se inspira y no plagia en el espejo de sus predecesores, pero que nos marcarán las pautas de entendimiento de ciertos recursos. Se ha dicho por ahí que su principal fuente es 2001, Una Odisea del Espacio, de Kubrick, pero a parte de resultar pretencioso y falso, fruto de un visionado muy superficial, no es en absoluto demostrable, ya que el único nexo sería el concepto de viaje filosófico a un lugar origen de vida, y no se tratan de la misma manera. Boyle sabe coger la esencia de varios frasquitos, para obtener un sabor nuevo que se prueba con gusto.
Incluso en algunos tópicos del género, sabe darles la vuelta y reconvertirlos, como el militar interpretado por Chris Evans, que en un principio parece ser el cabeza cuadrada marcial de todas las misiones de este tipo, pero que al poco se revela como un tipo cuyas decisiones están basadas en la lógica y su resolución efectiva está fuera de duda.
El resto de personajes tienen su momento en el baile, como el sacrificado capitán interpretado por Hiroyuki Sanada, sobrio samurai que acepta su destino por el bien de la misión; el psicólogo encarnado por Cliff Curtis, el que más acusa el viaje al origen de la vida y a quien más afecta el sentirse tan cercano, llegando a convertirse en un verdadero adicto a la estimulación sensorial que ello produce; o la botánica Michelle Yeoh, quizá una de las más desaprovechadas, siendo casi una comparsa de los acontecimientos, y un espejo de las esperanzas y decepciones de la tripulación.
Cillian Murphy es el observador casi neutral (no en vano su personaje se llama como uno de los fotógrafos de guerra más célebres de todos los tiempos, que estuvo tanto en la Guerra Civil española como en el desembarco de Normandía en la Segunda Guerra Mundial, Robert Capa), el más humano quizá, pero no solo el ojo del espectador, ya que con igualmente implacable lógica, acepta su camino, a pesar de las debilidades propias del género humano. Una, un poco desangelada, Rose Byrne, es la única de la tripulación que compartirá con él esa sensibilidad entre emocionada y responsable, más acorde con el pensar de nuestros días.
La misión transcurre con todos los pormenores propios del género, con los chorreos de datos físicos propios, la tensión palpable de saberse última esperanza, los inesperados accidentes y dificultades que se presentan (supera en resolución y consecución, aún con una atmósfera parecida, a ese producto fallido que fue Misión a Marte, de Brian de Palma), y un sentido del ritmo que hace que estemos pendientes de la pantalla de cualquier numerillo que se comente, hasta que un giro en los acontecimientos les hace tomar una decisión, a priori lógica y bien atendida, pero que se revelará como la perdición de la misión. Una llamada de socorro de la anterior nave ICARO I desestabilizará los principios de los tripulantes y sus decisiones.
Es aquí cuando la cosa cojea un tanto, y el cambio de tercio no es todo lo fluido que debiera, ya que de Solaris o Apolo XIII nos vamos a Horizonte Final, e incluso Alien, lo que, aunque es previsible según van los derroteros y mantiene el suspense como para interesarnos de verás en qué está ocurriendo, cambia el tono de la película completamente, resta coherencia al conjunto, aumenta la acción en pantalla, y se deja llevar por unas convenciones de género más rígidas, que la lastran en cuanto a originalidad y trascendencia, aunque siempre dentro de los límites del buen ojo de Boyle, que hasta en estos momentos sabe tocar los botones adecuados.
El pecado es responsabilidad de Garland, ya que es el guión el que propone una variante no prevista, pero que tampoco está justificada y literalmente está sacada de la manga, como es el advenimiento de cierto personaje avenido prácticamente en un monstruo hermano del Sam Neill desatado de Horizonte Final, que se carga de un plumazo mucha de la carga científica y seria que llevaba la cinta, para convertirse en un film de terror y desasosiego, bien filmado y con hallazgos visuales muy meritorios (ángulos adversos, pausas de tensión que causan desasosiego), muy plausible y valorable, pero que no es lo que nos habían vendido.
La dirección de Boyle se adapta al tono de cada segmento según conviene, sin dejar de lado su habituales perlas visuales experimentales (atención al desembarco en la Ícaro I, que con un pequeño recurso sutil como es el fotograma subliminal, es capaz de crear más tensión e incluso terror que muchas escenas gores juntas), y la interpretación de los actores es correcta y empática, pero es en el guión donde el conjunto flojea un tanto y no permite a la película ser la joya científica que podrá haber sido.
Supera a muchas de sus referencias, tomando lo mejor de ellas, pero el querer abarcar todas las películas espaciales en una la convierten en una zarzuela de sabores donde no puedes terminar de saborear cada uno de los manjares que desfilan delante de tus ojos. Con todo, dado el panorama actual, desataca como un diamante sin pulir y con muchas impurezas en su interior, pero diamante al fin y al cabo.